El Nobel de la Paz no se reclama: se construye

Paco Flores.- Hay premios que se ganan y premios que se exigen. El Nobel de la Paz pertenece a los primeros, y esa es la distancia que separa a Donald Trump del comité noruego. No es una cuestión de simpatías: es una cuestión de qué entiende cada uno por paz.

Lo que él cree y lo que dice el testamento

Trump ha dicho en público, una y otra vez, que merece el Nobel. Argumenta que ha detenido guerras: India y Pakistán, Israel e Irán, Armenia y Azerbaiyán, Congo y Ruanda. Es un argumento legítimo para discutirse, y parte de esos acuerdos sigue en debate entre especialistas sobre cuánto fue mérito suyo y cuánto se sostiene hoy.

Pero el testamento de Alfred Nobel pide otra cosa: fraternidad entre las naciones, reducción de los ejércitos permanentes y fomento de congresos de paz. Es difícil hablar de fraternidad entre naciones cuando se castiga con aranceles a los aliados y se sanciona a un tribunal internacional, como ocurrió esta misma semana con la Corte Penal Internacional, horas después de que el premio recayera en Navi Pillay.

El berrinche que no podemos probar

El Financiero habló de «berrinche». Es una frase fuerte y, hasta donde pude verificar, no existe una declaración de Trump que pruebe que el premio le haya dolido. Las sanciones a la CPI no mencionan a Pillay ni al Nobel. Lo que sí hay es una coincidencia de fechas que cualquiera puede ver, y una pregunta legítima: ¿por qué atacar a una institución de justicia justo cuando el mundo premia a quien fue su juez?

El argumento del precedente

Sus defensores recuerdan que Barack Obama recibió el Nobel en 2009, apenas iniciado su mandato, por sus «esfuerzos extraordinarios» para fortalecer la diplomacia. Tienen razón en algo: el comité ha premiado promesas antes que resultados. Pero un error del pasado no es un derecho adquirido. Que el comité se equivocara una vez no obliga a repetirlo.

La paz también se mide en los puentes

Quien vive en esta frontera sabe que la política exterior no es abstracta. Un arancel se siente en el cruce, en la bodega, en la nómina de una maquiladora. Una paz que se predica hacia afuera y se castiga hacia los socios comerciales es una paz a medias. Y un premio que se concede por promesas, y no por una conducta sostenida, termina vaciándose de sentido.

Mi conclusión

Trump puede merecer crédito por haber sentado a la mesa a gobiernos enfrentados; eso es verificable y debe reconocerse. Pero reclamar el Nobel como quien reclama un ascenso es no entender el premio. El comité no responde a quien más lo pide, y esa independencia es justo lo que lo hace valer. Si algún día lo gana, que sea porque la paz que dejó se sostiene sin él, no porque la anunció con más fuerza.