Del “¿Y si sí?” al silencio que enmudeció el Azteca

Crónica: México 2-3 Inglaterra, octavos de final del Mundial 2026. Un doblete de Jude Bellingham en dos minutos y un penal de Harry Kane apagaron el sueño de una afición que, por primera vez en 40 años, se atrevió a soñar más allá del quinto partido.

Todo empezó con una pregunta que se había convertido en grito de guerra: ¿y si sí? Cuatro victorias, ocho goles a favor, cero en contra. Cuarenta años sin llegar más lejos del quinto partido, y de pronto México estaba ahí, a las puertas de algo que ni los abuelos habían visto. El Estadio Ciudad de México se llenó hasta los topes —80,824 aficionados— con la misma fe con la que se llena una iglesia el día que se necesita un milagro.

La tormenta eléctrica que retrasó el silbatazo inicial una hora pareció, en su momento, apenas un obstáculo más para posponer la fiesta. Nadie imaginó que también sería un presagio.

El vendaval

El partido arrancó parejo, casi cauteloso, como dos boxeadores que se estudian antes del primer golpe fuerte. Pero el primer tiempo tenía preparada una emboscada, y lo demás pasó casi sin darle tiempo a la afición de asimilarlo: al minuto 36, Jude Bellingham conectó de cabeza un centro de Bukayo Saka. Silencio parcial. Incredulidad. Y antes de que el Azteca terminara de digerir el golpe, al minuto 38, Bellingham repitió la misma jugada, el mismo gesto, el mismo cabezazo certero. 2-0 en apenas dos minutos.

El “¿y si sí?” se quedó, de golpe, sin aire.

La resistencia que no alcanzó

En el complemento, el partido pareció darle una tregua a México. A los 8 minutos, Jarell Quansah fue expulsado tras una entrada fuerte sobre Jesús Gallardo, revisada y confirmada por el VAR. Diez contra once. Era la grieta que la afición necesitaba para creer de nuevo.

Pero el futbol, cuando ya eligió un lado, rara vez cambia de opinión sin cobrar un precio doble. A los 15 minutos, el árbitro marcó penal por una falta de Raúl Rangel sobre Harry Kane dentro del área. El propio Kane, con la voz que horas después se quedaría literalmente rota de tanto gritar, convirtió el 3-0. La ilusión, que ya cojeaba, cayó de rodillas.

México, con diez rivales enfrente y con la eliminación prácticamente sellada, encontró algo que solo el orgullo explica: a los 23 minutos, Raúl Jiménez descontó de penal para el 3-1. El estadio, que llevaba media hora en silencio, encontró un último aliento colectivo. Por más de veinte minutos, con un hombre menos Inglaterra y con el marcador apretándose, el sueño del empate pareció, otra vez, posible. “¿Y si sí?”, volvió a preguntarse el Azteca, esta vez casi en un susurro.

No fue. El silbatazo final llegó con el 3-2 en el marcador, e Inglaterra avanzando a cuartos de final, donde enfrentará a Noruega el sábado 11 de julio en Miami.

El silencio que se quedó

Ahí, cuando el árbitro pitó el final, el Estadio Ciudad de México dejó de ser el escenario del “¿y si sí?” para convertirse en el lugar donde, una vez más, la historia se repitió: México no pudo superar la barrera de octavos de final, instancia en la que ya había quedado eliminado en siete mundiales consecutivos, desde Estados Unidos 1994.

Pero el futbol, incluso en su momento más cruel, dejó una imagen que humanizó la derrota: mientras Gilberto Mora caminaba llorando hacia el túnel, Jude Bellingham —el mismo que había firmado la sentencia con su doblete— lo alcanzó, lo abrazó, y le pidió su camiseta. El verdugo, consolando a quien acababa de vencer.

Lo que el partido se llevó

La noche dejó más que un marcador. Guillermo Ochoa, guardameta histórico del Tri, disputó su último partido como futbolista profesional, con el eco del Azteca —el estadio donde escribió buena parte de su carrera— todavía fresco. Santiago Giménez tuvo que ser trasladado en ambulancia a un hospital al término del encuentro. Y el técnico Javier Aguirre, quien antes del partido había recordado sus dos eliminaciones previas en octavos como entrenador —“me pasó en Corea-Japón y en Sudáfrica, y duele mucho”—, confirmó tras el silbatazo final que dejará al Tricolor.

La alcaldesa Clara Brugada despidió a la selección con un mensaje de orgullo. Las redes sociales, mientras tanto, hicieron lo que siempre hacen ante una ilusión rota: se llenaron de memes.

El eco que queda

Cuarenta años después de que México soñara por última vez con ir más allá del quinto partido, el Azteca volvió a guardar silencio. La pregunta “¿y si sí?” que había recorrido el país entero durante dos semanas de euforia, se apagó con dos cabezazos en dos minutos y un penal cobrado con sangre fría por un capitán que terminó la noche sin voz.

México no pasó del sexto partido. Pero por primera vez en mucho tiempo, no lo hizo sin pelear hasta el final.