Por qué tenemos la sensación de que la vida cada vez pasa más rápido, un estudio te lo dice

A casi todos nos pasa lo mismo: la infancia parece infinita y, de repente, los años adultos empiezan a volar. No es nostalgia ni exageración. Investigaciones recientes muestran que nuestra percepción del tiempo se transforma con la edad por razones muy concretas. La clave no está en los relojes ni en el calendario, sino en cómo el cerebro registra las experiencias, almacena recuerdos y procesa la rutina diaria. Entender ese mecanismo abre una puerta inesperada: la posibilidad de modificar cómo sentimos el paso del tiempo.

Cuando el tiempo deja de sentirse igual

Desde la cronobiología —la disciplina que estudia cómo los seres humanos perciben y organizan el tiempo— se explica que no vivimos el tiempo de forma objetiva. Existe un tiempo físico, medible, y otro subjetivo, ligado a la experiencia. Este último es el que parece acelerarse con los años.

Un especialista en la materia y referente europeo en este campo, señala que con el paso del tiempo cambia la forma en que el cerebro “marca” los días. En la adultez, las semanas tienden a parecerse entre sí, los estímulos se repiten y las emociones pierden intensidad. El resultado es una percepción comprimida: los meses pasan sin dejar demasiadas huellas claras en la memoria.

No es que el tiempo vaya más rápido, sino que dejamos menos señales internas que nos permitan medirlo. Y ahí aparece el primer factor decisivo.

La novedad como reloj interno invisible

Durante la infancia, casi todo es nuevo. Cada lugar, cada persona y cada experiencia activa con fuerza los sistemas de atención y memoria. El cerebro registra más detalles, crea recuerdos más densos y, al mirar hacia atrás, ese período parece extenso.

En la vida adulta ocurre lo contrario. La repetición reduce el impacto emocional de lo cotidiano. Cuando una experiencia no sorprende, se recuerda menos. Y cuando hay menos recuerdos diferenciados, el tiempo se percibe como más corto.

La novedad funciona, sin que lo notemos, como un reloj interno. Cuantas más experiencias distintas acumulamos, más largo se siente el período vivido. Cuando la rutina domina, los días se fusionan unos con otros y el calendario parece avanzar a toda velocidad.

Memoria, rutina y la ilusión de los días cortos

La memoria reciente juega un papel clave en este fenómeno. Muchos adultos recuerdan con nitidez episodios de su infancia, pero tienen dificultades para reconstruir lo que hicieron la semana pasada. Esa falta de “hitos” claros provoca que los días se compriman en el recuerdo.

La rutina refuerza ese efecto. Jornadas similares, horarios repetidos y entornos previsibles hacen que el cerebro deje de distinguir un día de otro. En cambio, las situaciones excepcionales —un viaje, un cambio de escenario, una experiencia inesperada— expanden la percepción temporal incluso en la adultez.

No es casual que, al volver de unas vacaciones intensas, muchas personas sientan que “pasaron mil cosas” en pocos días. El cerebro volvió a registrar detalles, emociones y contextos distintos, y eso alarga la experiencia subjetiva del tiempo.

Cómo entrenar al cerebro para “estirar” el tiempo

La buena noticia es que la percepción del tiempo no es fija. Puede entrenarse. Desde la cronobiología se proponen estrategias simples, pero efectivas, para desacelerar ese reloj interno que parece desbocado.

Introducir novedades es el primer paso. No hace falta un cambio radical: aprender una habilidad, modificar una ruta diaria o probar algo distinto activa los mecanismos de atención. Prestar atención consciente al presente también marca la diferencia. Comer sin distracciones, escuchar los sonidos del entorno o concentrarse en una sola tarea fortalece el registro de la experiencia.

La creatividad cumple un rol similar. Escribir, dibujar o crear algo nuevo favorece la inmersión total en el momento. Lo mismo ocurre con el contacto con la naturaleza: observar el cielo, el mar o los movimientos de los animales reduce la sensación de aceleración constante.

Incluso revivir recuerdos tiene un efecto concreto. Mirar fotos, escribir memorias o reconstruir momentos significativos ayuda a expandir la sensación de tiempo vivido, porque refuerza la narrativa personal de los días.

Una experiencia que deja huella duradera

Entre las vivencias que más impacto tienen en la percepción del tiempo, los especialistas destacan una en particular: dormir al aire libre al menos una vez en la vida. No se trata de una moda ni de una experiencia extrema, sino de un regreso a condiciones para las que el ser humano está biológicamente preparado.

Durante miles de años, nuestra especie vivió en contacto directo con la naturaleza y el cielo nocturno. Alejarnos por completo de ese entorno tiene consecuencias sutiles pero profundas. Dormir bajo las estrellas, sin luz artificial, genera recuerdos intensos y duraderos que quedan grabados con fuerza en la memoria.

La ciencia coincide en un punto clave: el tiempo no solo se mide en horas, sino en experiencias. No podemos frenar el paso de los años, pero sí influir en cómo los vivimos. Buscar lo nuevo, romper la rutina y estar más presentes no alarga la vida en el calendario, pero sí puede hacer que se sienta más larga, más rica y más plena.