Ciudad de México— El rechazo a la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum dejó en el Congreso una imagen poco habitual: tres legisladoras del partido en el poder votando en contra de su propio gobierno. Las diputadas Giselle Arellano Ávila, Alejandra Chedraui Peralta y Santy Montemayor Castillo se convirtieron, de la noche a la mañana, en el centro de una tormenta política que mezcla disciplina partidista, futuro legislativo y la pregunta de fondo: ¿cuánto le cuesta a una morenista rebelarse contra la línea?
Una ironía que no pasó inadvertida
Las tres diputadas que votaron en contra de la reforma son legisladoras plurinominales, precisamente el tipo de representación que la iniciativa de Sheinbaum buscaba acotar. El dato no fue ignorado por analistas ni por legisladores de oposición, quienes señalaron la paradoja de que quienes más tenían que perder con la reforma fueron las primeras en hundirla desde adentro.
Giselle Arellano Ávila es expanista y legisladora plurinominal; Alejandra Chedraui Peralta proviene del Partido Verde y llegó a la Cámara por representación proporcional en Baja California; y Santy Montemayor Castillo, también exintegrante del Verde, ocupa una curul plurinominal por Quintana Roo. Sus trayectorias previas fuera de Morena añaden otra capa de complejidad al episodio.
Monreal: «No seré tribunal de conciencia»
El coordinador de la bancada guinda, Ricardo Monreal, fue el primero en reaccionar públicamente. Calificó de «lamentable» que las tres diputadas hayan votado en contra, y que Olga Sánchez Cordero se haya ausentado sin emitir voto pese a estar presente en la sesión.
Sin embargo, Monreal fue cuidadoso al no anunciar represalias directas. Aseguró que por parte del grupo parlamentario no habrá sanción ni llamados de atención, pero no descartó que la dirigencia nacional del partido tome alguna decisión. «Yo no lo hago, yo no lo haré. Son las instancias partidistas las que tienen que tomar esa definición», declaró.
La advertencia más significativa vino envuelta en un eufemismo. El líder parlamentario señaló que la militancia morenista es «dura» y «exigente», que se ha formado en territorio y demanda congruencia y consecuencia a sus representantes. El mensaje fue claro sin necesitar ser explícito: aunque él no actuará, el juicio político llegará de otras instancias.
La sombra del Comité Ejecutivo Nacional
El escenario más delicado para las tres diputadas no está en San Lázaro, sino en Insurgentes Norte, sede del CEN de Morena. Monreal aclaró que la dirigencia nacional del partido sí podría tomar alguna decisión al respecto, aunque evitó anticipar qué tipo de medidas podrían aplicarse.
En Morena, las sanciones partidistas pueden ir desde un extrañamiento formal hasta la inhabilitación para contender en procesos internos futuros. Para legisladoras plurinominales, cuya permanencia en la Cámara depende en gran medida de su posición en las listas del partido, esa amenaza es particularmente sensible de cara al proceso electoral de 2027.
El «muro de la traición» y el clima interno
La temperatura al interior del bloque oficialista subió considerablemente tras la votación. El senador morenista Félix Salgado Macedonio llegó a sugerir la posibilidad de exhibir públicamente a quienes votaron en contra, al hablar de un posible «muro de la traición». La propuesta, aunque no fue retomada formalmente por la dirigencia, ilustra el nivel de tensión que generó el desmarcamiento.
Sin declaraciones públicas
Al cierre de la jornada, ninguna de las tres diputadas ni Morena habían emitido un pronunciamiento oficial sobre lo ocurrido. El silencio, en política, también es una posición. Y en este caso, uno que deja abierta la pregunta sobre si actuaron por convicción propia, por presión externa o por interés directo ante una reforma que las afectaba personalmente.
Lo que está claro es que su voto, aunque no fue determinante para hundir la reforma —la iniciativa necesitaba 334 votos y sólo obtuvo 259 a favor, sí dejó una herida visible en la imagen de unidad que Morena ha cultivado desde su llegada al poder. En un partido que hace de la cohesión uno de sus activos políticos, tres votos disidentes pueden pesar más que su valor numérico.
La próxima semana se espera que Sheinbaum presente su denominado «Plan B» de reforma electoral, esta vez por la vía de leyes secundarias. Si las tres diputadas volverán a salirse del guión, es la pregunta que hoy recorre los pasillos de San Lázaro.